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62. LAS TRICOTEUSES
El patriotismo fanático y revolucionario de los sans-culottes tiene
su versión femenina en las “tricotosas”. Las sans-culottes
tricoteuses son el grupo femenino más activista de la revolución,
que irrumpen como público en las asambleas y en el espectáculo
de las ejecuciones con el fin de ir adquiriendo instrucción política
o simplemente exigiendo su derecho político, o sea su soberanía.
Las tricotosas alimentan con su presencia en los espacios públicos,
aunque aprovechen para tejer calceta, el moderno debate sobre la igualdad
hombre-mujer y reclaman su ciudadanía constitucional que les dé
acceso al voto.
En aquella mañana festiva, íbamos tropezándonos con
sucesivas riadas de gentes que acudían prestas a la plaza de la
Revolución para tomar buenas posiciones desde donde contemplar
el certero trabajo de la “santa guillotina”, también
apelada madame guillotine. Niños, jóvenes y viejos se disputaban,
inmersos en una total algarabía, las mejores localidades para la
función que estaba a punto de iniciar.
—Que no os extrañe —dijo el marqués—,
este gentío, desde el nivel más alto de fervor revolucionario,
liga la guillotina con su personal concepto de ejercicio de soberanía
popular.
—Por supuesto —corroboré—, esto es la prueba
evidente de que la justicia reside en el pueblo y de que se ejerce en
su nombre.
—Y ¿todos esos infelices son enemigos de la revolución?
—interrogó Santacruz.
—No, todos no. Yo mismo, que ayudé activamente en la reforma
de los hospitales de París, fui condenado por moderado a morir
bajo el gélido suspiro de la guillotina.
—¿Es cierto? ¿Cómo escapaste? —inquirí.
—Es cierto, escapé por errores burocráticos. Por suerte
no me encontraron. No estaba en la cárcel que figuraba en los papeles
de mi detención.
En ese preciso instante se hizo un silencio expectante y todos dirigimos
nuestras cabezas hacia el cadalso. Los verdugos iniciaban las pruebas
reglamentarias antes de iniciar las ejecuciones. Colocaron una calabaza
de grandes dimensiones y de forma ovoide en el soporte de madera donde
luego colocarían los cuellos humanos y soltaron la cuchilla. El
grito de la muchedumbre coincidió con el instante del corte, y
las risas generales, con el momento en que un trozo de la calabaza cayó
rebotando al cesto previsto para recoger las cabezas.
—¿Quién inventó este infernal aparato de asesinar?
—exhortó con enfado Eugénie.
—Le atribuyen el invento al doctor Joseph-Ignace Guillotin —informó
el marqués—, pero en realidad este instrumento ya se conocía
en la Edad Media y el médico lo único que hizo, unos años
atrás, fue recomendar esta forma de ejecutar como más revolucionaria
y limpia que la soga o la espada. Según él, este sistema
es más rápido, menos doloroso e iguala a nobles y villanos.
Diez serían las ejecuciones que contemplaríamos esa mañana
desde las primeras filas, junto a las citereas revolucionarias que sólo
abandonaban su calceta en la culminación de cada una de las ejecuciones.
—Donatien, ayer no aclaraste lo de tu repentina libertad —demandó
explicaciones Santacruz.
—Es largo de contar, pero os diré que hace unos meses conocí
en prisión a un muchacho con el que conseguí entablar amistad
rápidamente, François-Eugène Vidocq. Este adelantado
discípulo de mis técnicas orgiásticas es un confidente
de la policía, y a través de sus influencias y con la ayuda
de mi esposa he conseguido demostrar que estoy loco de remate. Dentro
de unos días cambiaré la cárcel de Sainte-Pélagie
por el asilo de Charenton.
—¿Un manicomio? —cuestioné.
—Sí, un manicomio, pero prefiero vivir entre locos que entre
peligrosos delincuentes.
Fue curioso el transcurrir del tiempo pautado por las ejecuciones y muy
interesantes las distintas conversaciones que mantuvimos entre cada una
de ellas. Cuando llegó la última, la sangre se nos quedó
helada, pues ya había sido seccionada la cabeza de una mujer joven
cuando, cayendo al fondo del cesto, aún pudo decir:
—A votre santé, mes chers amis!
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