|
61. LA VISITA DEL MARQUÉS DE SADE
La mañana del día de San José, un jovenete entregó
al guardián que hacía puerta una nota manuscrita firmada
por Donatien-Alphonse. En ella, el marqués de Sade anunciaba su
visita esa misma tarde. Y así fue, a media tarde se presentó
en nuestra casa acompañado de una joven toda emperifollada que
más que dama parecía una buscona de tres al cuarto. Después
de las presentaciones dijo:
—Queridos amigos, estoy muy contento y quiero celebrar con ustedes
mi libertad. Les invito a cenar.
—No podemos aceptar su invitación porque esta noche celebramos
aquí una fiesta en honor de nuestro amigo Santacruz, es su onomástica
—informé al marqués—. Tendríamos mucho
gusto de que aceptaran nuestra invitación para quedarse a cenar.
—¡Oh! No queremos significar un estorbo, deben de tener muchos
invitados. Otro día será.
—No es ninguna molestia —intervino Eugénie.
—Y... ¿hoy se celebra Santacruz? ¿Qué santo
es ese? —cuestionó el marqués.
—Mi nombre es José y hoy, 19 de marzo, se celebra el día
de San José —aclaró Santacruz.
—Insisto, deben quedarse —dije—. Más tarde llegarán
unos pocos amigos y lo vamos a pasar muy bien.
—Bien, aceptamos —expresó el marqués mirando
a la muchacha, que hasta el momento se había mantenido al margen
de la conversación y algo violenta—, pero con la condición
de que en la próxima ocasión acepten mi invitación
para ir a cenar. Deseo que conozcan el mejor restaurante de París,
el preferido de Napoleón, Le Grand Véfour. No escaparán
sin probar uno de los mejores platos de la cocina francesa, las mollejas
de ternera con trufas.
—¡De acuerdo! —expresé.
Hasta la hora de la cena estuvimos deleitándonos con varias botellas
de champaña procedente del valle del Marne. Las risas y los cuentos
del marqués fueron dando paso a un ambiente de gran camaradería
que vino a completarse con la llegada de nuestros invitados: Bernard,
Claire, Marie-Joseph y Laure.
—Sin querer perjudicar la fiesta que ahora comienza —empezó
a decir el marqués—, debo reconveniros vuestra nula actitud
revolucionaria. ¿No sabéis que la revolución ha abolido
los domingos, los santos y las fiestas cristianas? Hoy no es 19 de marzo,
día de San José, porque ya no rige el calendario gregoriano,
que inicia el año el 1 de enero y lo finaliza el 31 de diciembre.
El calendario republicano divide el año en doce meses de treinta
días cada uno, de forma que los cinco días sobrantes se
añaden al final, son festivo y se llaman los sans-culottides. Los
meses se dividen en tres períodos de diez días cada uno,
siendo el décimo el de descanso, en sustitución del domingo.
El año comienza el 22 de septiembre, día de celebración
de la proclamación de la República y equinoccio de otoño,
cuando se consigue la igualdad perfecta entre el día y la noche.
Finalmente, los nombres de los meses y de los días se han relacionado
a la naturaleza, la agricultura, animales domésticos, utensilios
y plantas. Empezando por el otoño, el nombre de los meses es:
Vendimiario................ de las vendimias
Brumario..................... de las brumas
Fridario....................... de las escarchas
Nivoso......................... de las nieves
Pluvioso....................... de las lluvias
Ventoso........................ de los vientos
Germinal...................... de las semillas
Floreal.......................... de las flores
Pradial.......................... de los prados
Mesidor......................... de la recolección
Termidor....................... del calor
Fructidor....................... de los frutos.
—He oído decir —intervine— que se recomienda
a los “buenos revolucionarios” que pongan esos nombres con
que se denomina a los días y a los meses a los recién nacidos.
—Sí, es cierto, pero, como podéis comprobar, la mayoría
de los nombres de los recién nacidos son de santos —informó
el marqués—. No hay mucho fervor revolucionario. No obstante,
hoy estamos aquí para celebrar el día de Santacruz, nuestro
amigo español.
—Bien, pero ¿qué día es hoy según ese
calendario? —inquirió Santacruz.
—Pues muy fácil, si leemos la prensa —el marqués
empezó a desplegar un ejemplar formato sábana de El Amigo
del Pueblo que llevaba en el bolsillo— podemos comprobar que hoy
es el noveno día de la tercera década del mes de los vientos,
29 Ventoso, mañana es fiesta, el décadi, y según
he leído en este diario madame guillotine tiene trabajo. ¿Os
apetece que vayamos?
—No me parece que pueda ser muy divertido ver cómo le seccionan
el cuello a un montón de personas —aseveró Natán.
—Yo quiero ir —exigió Santacruz.
—Pues iremos —admití—. Donatien, cuenta con Santacruz
y conmigo.
Nuestra recién contratada cocinera madame De Gaulle, natural de
Lille, norte de Francia, preparó una suculenta cena con especialidades
de su tierra natal: vieiras salteadas con patatas pompadour —una
variedad de este tubérculo—, carbonnade flamande —ternera
al estilo flamenco en salsa agridulce— y bêtises de Cambrai
—caramelos de Flandes.
El champaña y el vino servidos antes y durante la cena ejercieron
una influencia sobre el marqués realmente positiva. Se alejó
de las formas protocolarias y doctas, pasando a un tono de camaradería
y un enfoque jovial, pícaro e incluso humorístico. Empezó
dándole consejos a Santacruz de cómo debía enfocar
su relación con las mujeres.
—Joseph, a pesar de que lo que más te pueda gustar de las
mujeres sea sus pechos y que lo que más desearías es poder
tocarlos, apretarlos, besarlos, morderlos y finalmente succionar hasta
notar que tu boca se inunda de calostro, no es la estrategia recomendable.
No te equivoques, abordar a una mujer por ese flanco sólo puede
producir rechazo. Por el contrario, lo indicado es atacar siempre por
las partes bajas. Coger con tu mano su vulva al tiempo que introduces
o aprietas su campanilla con el dedo corazón es la acción
correcta. Esa mujer quedará enganchada a ti como el pez se convierte
en pescado al tragarse el cebo y engancharse con el anzuelo. Se le aflojarán
las piernas y te pedirá que la poseas lo antes posible.
—Una vez, en las fiestas de mi pueblo, le toqué el culo a
una moza y me soltó una hostia que aún hoy no he olvidado
—confesó Santacruz.
—No es lo mismo, la acción de tocarles el culo las ahuyenta
menos que lo de los pechos, pero puede ser interpretada como una burla
más que la demostración de un deseo. Otra cuestión
que debéis tener siempre muy presente es que a la mujer no se la
debe penetrar en su vagina directamente sin que antes no alcance un punto
correcto de lubricación, y la mejor forma de conseguirlo es comerle
el coño. Yo lo hago siempre, de hecho es lo que más me gusta:
libar y absorber hasta tener la boca plena de su templado fluido vaginal.
—Eres conocido por tu literatura erótica —reconoció
Bernard—. ¿Cuáles serían las perversiones sexuales
que tú más destacarías?
—Creo que la mayoría están reflejadas en mis escritos,
al menos las que yo conozco: la perversión bíblica, es decir
la sodomía, que en mí es habitual, con personas de ambos
sexos; la coprofagía, o sea la ingestión de excrementos,
que practico en algunas ocasiones en su modalidad de sorber los meados
de mujeres jóvenes; la necrofilia, que no volveré a repetir,
pues su práctica se saldó con un año de cárcel,
y, finalmente, la zoofilia, la realización del sexo con animales,
que no uso porque la considero una perversión rural y poco refinada,
es decir nada acorde con mi estilo. Éstas serían las clásicas;
sin embargo, a lo largo de mi vida he ido recopilando otras muchas perversiones
menores, por ejemplo: la coprolalia, la necesidad de proferir obscenidades
para obtener placer, y el sexo con crueldad, del que soy un consumado
especialista.
—Eres una verdadera enciclopedia de la sexualidad —comentó
Marie-Joseph—, pero me gustaría que nos representaras un
ejemplo práctico.
—¿Contigo?
—No, mejor con Lili —respondió Marie-Joseph señalando
a la acompañante del marqués, que hasta ese momento sólo
emitía risitas intermitentes.
—Eres una bribona.
El marqués y Lili iniciaron un ritual que consistía en ir
despojándose mutuamente sus vestidos de forma combinada con multitud
de tocamientos, roces, besos y lengüetazos. Cuando ya se encontraban
totalmente desnudos y el miembro del marqués estaba plenamente
erecto, Lili se acostó en un sofá y Donatien se echó
encima de ella pero en sentido inverso. Ella cogió con ambas manos
su falo y se lo introdujo en su boca completamente. Él zambulló
su cabeza entre las piernas de Lili y, mientras separaba los labios superiores
de su coño con sus dedos, comenzó a masajear activamente
con su lengua el clítoris de la muchacha. Tras gritos, jadeos y
alguna que otra convulsión, Lili llegó a un mayúsculo
orgasmo. El marqués se levantó y terminó el acto
eyaculando sobre su vientre.
—A esto le llamo yo hacer el cangrejo, cuyo símbolo (cáncer)
es dos seises dispuestos inversamente, es decir, un 69.
|