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54. GITAN
Las horas pasaban y pasaban sin que apenas lo percibiéramos. Estaba
anocheciendo, las puertas de la posada quedaron cerradas, y nos habían
preparado un magnífico festín gastronómico: cochinillo
con foie-gras, cebollas y ensalada de trufa.
La cena transcurrió en un ambiente de gran camaradería,
a la que se unieron los tres militares de la escolta. En el momento en
el que el ambiente más había subido de tono y fraternidad,
sonó con gran estruendo el picaporte del portón de la posada.
Mauricio se levantó, saco su pistola y fue, junto con el posadero,
a ver quien daba tales aldabonazos. Ninguno pudo imaginar el desagradable
lance que iba a acontecer.
—Soy Michel Calot y vengo solo —confesó un hombre de
piel oscura y pelo muy largo que asomó su cabeza por el ventanuco
de la puerta.
Tras comprobar que la calle estaba desierta y preguntarnos si deseábamos
su presencia, Mauricio le dejo pasar, acompañándole en su
recorrido, hasta nuestra mesa, con la pistola apostada en mitad de su
riñonada. El gitano no iba armado si no contamos el largo cuchillo
que portaba enfundado en la caña de una de sus botas.
—¿Qué pretendes? —inquirí.
—He venido hasta aquí para vengar la muerte de mis hombres.
—¿Tú solo? —le preguntó Santacruz en
un cínico tono de reproche.
—Vengo solo —respondió Calot con chulería—
por dos motivos: primero, porque tengo un par de cojones y, segundo, porque
para aplacar mi ira no necesito montar otra carnicería. Yo ya he
cobrado mis honorarios, ahora quiero vengar mi honor. Por eso tan sólo
necesito un hombre que quiera aceptar el desafío de un gitano medio
francés, medio español.
Levantó su mano derecha en señal de paz y con la izquierda
saco el cuchillo de su funda y lo clavó en la mesa con firmeza.
Y ocurrió lo que yo imaginaba.
—Pues... mira, gitano, hay un español con otro par que acepta
tu desafío —dijo Santacruz con voz firme pero sin alterar
el tono.
—Y ¿quién es ése? —exhortó Calot.
—Yo, Santacruz —sacó su faca del cuero y también
la clavó en la mesa.
—¿Cuándo, dónde y cómo? —preguntó
Calot, al que se le notaba que había perdido un poco de fuelle.
—Ahora, aquí y a muerte –respondió, con voz
ronca y grave, Santacruz.
El cuchillo corvo de Santacruz, sus redaños y el vozarrón
que puso encima de la mesa debieron de quitarle al gitano la mitad de
las ganas de medirse en duelo con el español.
Apartamos las mesas y sillas del centro del comedor. Ambos se desvistieron
de cintura hacia arriba y cogieron sus respectivos cuchillos. El gitano
era zurdo.
El silencio más absoluto se apoderó de la estancia, que
ahora estaba más concurrida que en todo el día.
—Cuando quieras —le espetó Santacruz al gitano.
Mientras que a Santacruz se le veía muy tranquilo, como si toda
su vida se hubiera estado retando en duelo, a Calot le temblaba todo su
cuerpo. Éste inició la pelea con movimientos nerviosos y
descontrolados. Santacruz le respondió con una quietud que me hizo
pensar en lo peor. Varias veces paseo la hoja de su cuchillo por delante
de la cara de Santacruz, y él no levantó ni la mano que
sostenía su faca. Seguía impertérrito, cuando el
gitano le cortó por dos veces en el pecho. Fue entonces cuando
Santacruz le lanzó una estocada certera e inesperada, de arriba
hacia abajo, con la que enganchó la clavícula del gitano
y, tirando hacia él, le hizo caer al suelo al tiempo que perdía
su arma. Aún lo tenía enganchado mientras un grito desgarrado
de dolor salía de su garganta.
—Perdón, perdón... —repetía Michel Calot.
—Te perdono —le avisó Santacruz—, pero no quiero
volverte a ver. ¿De acuerdo?.
—Seguro que sí —confirmó el gitan, que salió
corriendo de la posada y taponándose la herida con su ropa.
—¡Eres una bestia! —exclamé.
—Pero sin cuernos —replicó Santacruz, que con los brazos
en alto recibía una sonora ovación de todos los asistentes
al duelo.
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