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Capítulo 1 de LA MOSCA ESPAÑOLA

 

1. YO, SANTACRUZ


¡Isquiooo!..., ¡isquiooo!... —se oyó desde el fondo del barranco la voz poderosa de mi padre con el grito que siempre utilizaba para avisar de su llegada.
Era mediodía, y ahí estaba de nuevo, montando su macho al pelo y con el hato a cuestas. Desde mi matrimonio con Rosa, no me había dejado yantar solo en el monte día alguno. Era su peculiar penitencia a su inicial oposición a dicha boda. Rosa, hija de un jornalero, era poco para el hijo de un artesano como él, un corretger famoso en toda la comarca. Rosendo transformaba el cuero en los diversos aperos y aparejos que llevaban las caballerías, sobre todo para el cultivo de las tierras.
Sólo hacía seis meses de la boda, y Rosa ya se había ganado el cariño de mis padres, porque era, además de muy bonita, laboriosa y gentil.
—¿Cómo llevas la faena?
—Si, después de yantar, me ayudas a recubrir de arcilla la pila, esta misma tarde le prenderemos fuego y, si no pasa nada, el viernes podré bajar a Llíria con el primer viaje de carbón.
Llevaba toda una semana trabajando de sol a sol, formando la carbonera que, a partir de esa misma noche, comenzaría a arder lentamente hasta dar su fruto en forma de carbón vegetal.
En contra de la opinión de mi padre, hacía ya tres años que me dedicaba al carboneo en un garrofal de su propiedad situado a los pies de la Serretilla.
Enganchó el ramal del macho al tronco de un garrofero cercano y nos marchamos con el saco de la merienda a la sombra de otro, donde habitualmente disponía el hato.
—Hijo, ¿por qué no dejas este oficio tan sacrificado? Ya soy mayor y no puedo hacerme cargo de mi oficio y al tiempo llevar las tierras.
—Te he repetido hasta la saciedad que quiero ser independiente y tomar mis propias decisiones y... no me va tan mal: mantengo a mi mujer, pago los gastos de mi casa, me permito algún que otro extra y, además, te ayudo con las tierras, siempre que me lo pides. En realidad, yo sé lo que os pasa a mare y a ti: os da vergüenza que me dedique al carboneo y que mi mujer no sea hija de algún propietario.
—No te enfades. Siempre acabamos calentándonos por los mismos temas. Ya verás, cuando seas padre, querrás lo mejor para tus hijos.
Como otras veces, la conversación se bloqueaba en ese punto y el resto de la comida permanecíamos en silencio.
Esa tarde, con la ayuda de mi padre, terminé de cubrir de arcilla toda la pila de leña de pino y le prendimos fuego. Ahora, a diferencia de los días de preparación de la carbonera, no podía bajar a dormir al pueblo. Debería hacer noche en el monte dos días al menos, hasta que la combustión terminara y la leña se hubiese convertido en carbón. Era muy importante no dejar que el fuego se apagase. Así, el viernes bajaría a Llíria el primer carro de carbón. Ése es un buen día de mercado y no podía perder la ocasión. Aprovecharía el viaje para comprarle una bonita pieza de tela a Rosa. Faltaba menos de tres meses para las fiestas de San Antón y mi mujer debería lucir como lo que era, la más buena moza de Pedralba.