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UTOPÍA
En 1516, el sheriff de Londres, Tomás Moro, imaginó una
sociedad donde la perfección era la tónica dominante. Modélica
era su forma de gobierno, ideal su geografía, sus usos y costumbres
imitables y más que boyante su economía.
En la isla Utopía existía un pluralismo religioso que dista
mucho de la religión única y obligatoria que aún
hoy gustaría a la iglesia católica y a sus cachorros conservadores-integristas
imponernos. Santo Tomás Moro defendió en su obra un Estado
regido por el derecho natural frente al clericalismo reinante en su época.
Las leyes son en su número mínimas porque los magistrados
aplican el sentido común a la hora de dictar sentencias que son
siempre favorables al pueblo llano y nunca a los pendencieros. Las pocas
leyes que existen son sencillas y fáciles de interpretar. Por ello,
no existen abogados ni procuradores; los utopianos se defienden y representan
ante la magistratura ellos mismos.
En Utopía es práctica común la eutanasia pues es
considerada como una muerte honorable. Así, sus ciudadanos enfermos
graves e incurables, debidamente asesorados por sacerdotes y magistrados,
escogen libremente su muerte dejando de comer o tomando soporíferos
que les conducirán plácidamente al final de su vida.
En la utópica isla no existía la pena de muerte pues la
calificaban de inhumana y poco rentable socialmente. Los crímenes
más graves se castigaban con la esclavitud, entendida como una
condena perpetua a trabajar gratis para la sociedad. ¿No es más
útil un hombre que trabaje gratis para la colectividad que un cadáver?
Pues explique esto en una importante parte de los Estados de USA o cuénteselo
a Bush y a sus votantes.
Moro no dejó nada a la improvisación en su imaginaria isla.
En Utopía no hay ricos porque tampoco existe la pobreza. Cada cual
tiene y goza de aquello que precisa. ¿Les suena aquello de “a
cada cual según sus necesidades”? Por otro lado, se incentiva
y salvaguarda la vocación como concepto esencial tanto desde un
punto de vista profesional como de superación personal. Sólo
los mejores y con vocación temprana por la ciencia cursan estudios
superiores y se dedican a la investigación y al estudio de por
vida. Sin embargo, casi todos los ciudadanos consagran al estudio durante
toda su existencia las horas que les quedan libres después del
trabajo. Todo utopiano aprende un oficio que le permitirá desarrollar
una determinada profesión, pero si a lo largo de su vida le apetece
estudiar otra distinta podrá hacerlo y desarrollar luego el trabajo
que más acorde esté con su vocación.
¿Y qué hablar de economía? Además de establecer
las bases de un comercio internacional basado en una relación real
de intercambio justa y en una solidaridad internacional que aún
hoy no tendría parangón, la aportación más
interesante, según mi parecer, está en cómo establece
las directrices de una economía cercana al crecimiento cero, pero
más que respetuosa con el medio ambiente.
La jornada laboral en Utopía es de seis horas diarias, tres por
la mañana y tres por la tarde después de comer y de dos
horas de siesta.
Utopía, inventada por Tomás Moro o revelada como se explica
en el libro por Rafael Hitlodeo, es un magnífico manual sobre organización
política y un ideario del racionalismo aplicado a todos los ámbitos
de la vida social, política y económica que ha estado durante
casi cinco siglos a nuestra disposición y, verdaderamente, no le
hemos hecho mucho caso si a los resultados nos remitimos. Es cierto que
en algunas ideas ha perdido cierta actualidad, pero en su lectura no debemos
quedarnos en lo puramente anecdótico y buscar lo realmente profundo
de sus enseñanzas. Tampoco debemos entender este escrito como una
novelilla de ciencia-ficción. A conceptos tan actuales como jauja,
poderoso, rico, magnate, rey, patria, nacionalismo privilegios..., la
república de Utopía opone otros tan reales como sociedad
civil, igualdad, cultura, justicia, comunidad...
Pero no pensemos en Utopía -que significa ningún lugar-
como en una promesa de porvenir en el más puro sentido religioso
del concepto paraíso perdido. Tampoco afrontemos exclusivamente
estos conceptos a través de la lente del materialismo histórico:
no hace falta engendrar y criar socialmente un hombre nuevo para entonces
darle esos valores como las reglas del juego de una sociedad que está
por venir. Lo que deberíamos hacer es ir enterrando algunas de
las viejas formas y fórmulas que nos trajo la revolución
francesa y sobre la base de sus valores e ideas más auténticos
concretar un nuevo formulario racional y superador de viejas propuestas
basado en, ahora como entonces, ¡Libertad, solidaridad y utopía!
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