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SUBIDA A VALLANCA - 
El río Boilgues pasa por Vallanca y Ademuz poco antes de desaguar
en el Turia. Su agua fría y cristalina te invita a tocarla, beberla...
a disfrutarla. El tramo entre esas dos poblaciones discurre por una umbría
alimentada de chopos, fresnos, nogales y alguna higuera borde. Es un paisaje
repleto de grises y grises oscuros donde destacan los hilillos blanco-espuma
del agua y una gama de verdes atravesados por rayos áureos. A lo
largo de la ribera del río se extiende una senda que goza de una
temperatura ideal, sobre todo en verano, para andar la legua que separa
Vallanca de Ademuz y el pronunciado desnivel que hay entre esos dos lugares.
Este mes de agosto repetí la subida a Vallanca, por cuarta vez.
Se ha convertido en un clásico. Creía que, en esta edición,
no encontraría demasiadas cosas que volvieran a repicar en mi sentidos
y que pusieran mi corazón en máxima aceleración.
Pero me equivoqué, de nuevo.
Si quieres encontrar alguna variedad botánica, por rara que sea,
allí la tienes. Le pregunté a Leo, nuestro guía y
amigo:
—¿Hay ajenjo por esta zona?
—Todo el que quieras, ahí mismo tienes una planta —me
respondió señalando una en la orilla de la senda.
—Se parece mucho a la del anís, ¿no?
—Sí, son de la misma familia. Pero, ¿cuál es
tu interés por esta variedad? —me miró extrañado.
—Estoy escribiendo algo que tiene que ver con la absenta, el hada
verde según los bohemios del siglo XIX.
—Sí, la absenta se destila del ajenjo aunque ahora le han
reducido la cantidad de tuyonas. ¡Vamos... una absenta light!
—Cierto, el principio activo de las tuyonas es lo que hace de la
absenta más que una simple bebida alcohólica. Es lo que
la convirtió en el alucinógeno más consumido de la
era moderna, una auténtica musa para los artistas de la época.
Después, como cada mes de agosto, hice mi recolección de
té de roca. Como su nombre indica se cría en las grietas
de rocas y losas, siempre en lugares difíciles de acceder, peligrosos.
Leo me aconseja: —No lo cojas a tirón, que luego ya no vuelve
a crecer. Corta las hojas y tallos, dejando las raíces.
Arriba nos esperaba Isabel, la princesa del espliego, y su vástago
fortachón con la comida a la orilla del río. Un merendero,
como los de toda la vida, unas brasas, unas chuletas y un buen vino. No
hay nada mejor para el caminante que un buen yantar a ser posible rodeado
de amigos. Qué fácil es la amistad en estas nobles tierras
y entre esta leal gente: ¡yantar a chirla come!
Isabel y Leo forman una excepcional pareja en lo sentimental y en lo profesional.
Ella, ingeniero agrónomo, y él, ingeniero industrial, decidieron
hace tiempo vivir y trabajar en el Rincón de Ademuz. Constituyeron
una cooperativa y se dedican a cultivar plantas aromáticas endémicas
de la zona y a destilar sus aceites esenciales. Olvidaron sus prometedoras
carreras para encontrar algo más, algo que no podía ofrecerles
la metrópoli y el primer mundo: la felicidad. Sí, sí,
trabajan y son felices; aman y son felices; lloran y son felices; viven
y son felices.
Antes de volver a Ademuz subimos a contemplar la cruz templaria labrada
en el dintel de piedra de la puerta principal de una pequeña ermita
que preside una loma cercana a la población. Me gusta darle un
toque esotérico a mis viajes. Bajábamos por el sendero del
río, el mismo que habíamos recorrido esa mañana,
y nos tropezamos de nuevo con la mejor, sin dudarlo, poza en ese tramo
del Boilgues. El hecho de estar rodeada de una frondosa vegetación
y su gran profundidad hace que sus aguas se te antojen muy oscuras, que
pierdan su original transparencia. Al fondo, un pequeño salto del
agua entre las rocas le proporciona a la estampa una cierta musicalidad
y una apariencia a manantial que convierte este rincón en muy apetecible,
sobre todo si estás cansado y has pasado mucho calor, como era
nuestro caso. Bañarnos en las frías aguas del riachuelo
fue una sabia decisión, aunque cortaran como cuchillos.
—Dirás que está que jode de fría —aclaró
Leo desde dentro del agua.
—Es cierto corta hasta la respiración, me cuesta hablar —confesé
al tiempo que nadaba a gran velocidad hacia la orilla.
Al final de un día inolvidable, el abrazo, la despedida y la copla
final: —Amigos, el año próximo volveremos al Rincón.
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