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Artículos de lorenzo galiana

 

SUBIDA A VALLANCA - Subida a Vallanca


El río Boilgues pasa por Vallanca y Ademuz poco antes de desaguar en el Turia. Su agua fría y cristalina te invita a tocarla, beberla... a disfrutarla. El tramo entre esas dos poblaciones discurre por una umbría alimentada de chopos, fresnos, nogales y alguna higuera borde. Es un paisaje repleto de grises y grises oscuros donde destacan los hilillos blanco-espuma del agua y una gama de verdes atravesados por rayos áureos. A lo largo de la ribera del río se extiende una senda que goza de una temperatura ideal, sobre todo en verano, para andar la legua que separa Vallanca de Ademuz y el pronunciado desnivel que hay entre esos dos lugares.
Este mes de agosto repetí la subida a Vallanca, por cuarta vez. Se ha convertido en un clásico. Creía que, en esta edición, no encontraría demasiadas cosas que volvieran a repicar en mi sentidos y que pusieran mi corazón en máxima aceleración. Pero me equivoqué, de nuevo.
Si quieres encontrar alguna variedad botánica, por rara que sea, allí la tienes. Le pregunté a Leo, nuestro guía y amigo:
—¿Hay ajenjo por esta zona?
—Todo el que quieras, ahí mismo tienes una planta —me respondió señalando una en la orilla de la senda.
—Se parece mucho a la del anís, ¿no?
—Sí, son de la misma familia. Pero, ¿cuál es tu interés por esta variedad? —me miró extrañado.
—Estoy escribiendo algo que tiene que ver con la absenta, el hada verde según los bohemios del siglo XIX.
—Sí, la absenta se destila del ajenjo aunque ahora le han reducido la cantidad de tuyonas. ¡Vamos... una absenta light!
—Cierto, el principio activo de las tuyonas es lo que hace de la absenta más que una simple bebida alcohólica. Es lo que la convirtió en el alucinógeno más consumido de la era moderna, una auténtica musa para los artistas de la época.
Después, como cada mes de agosto, hice mi recolección de té de roca. Como su nombre indica se cría en las grietas de rocas y losas, siempre en lugares difíciles de acceder, peligrosos. Leo me aconseja: —No lo cojas a tirón, que luego ya no vuelve a crecer. Corta las hojas y tallos, dejando las raíces.
Arriba nos esperaba Isabel, la princesa del espliego, y su vástago fortachón con la comida a la orilla del río. Un merendero, como los de toda la vida, unas brasas, unas chuletas y un buen vino. No hay nada mejor para el caminante que un buen yantar a ser posible rodeado de amigos. Qué fácil es la amistad en estas nobles tierras y entre esta leal gente: ¡yantar a chirla come!
Isabel y Leo forman una excepcional pareja en lo sentimental y en lo profesional. Ella, ingeniero agrónomo, y él, ingeniero industrial, decidieron hace tiempo vivir y trabajar en el Rincón de Ademuz. Constituyeron una cooperativa y se dedican a cultivar plantas aromáticas endémicas de la zona y a destilar sus aceites esenciales. Olvidaron sus prometedoras carreras para encontrar algo más, algo que no podía ofrecerles la metrópoli y el primer mundo: la felicidad. Sí, sí, trabajan y son felices; aman y son felices; lloran y son felices; viven y son felices.
Antes de volver a Ademuz subimos a contemplar la cruz templaria labrada en el dintel de piedra de la puerta principal de una pequeña ermita que preside una loma cercana a la población. Me gusta darle un toque esotérico a mis viajes. Bajábamos por el sendero del río, el mismo que habíamos recorrido esa mañana, y nos tropezamos de nuevo con la mejor, sin dudarlo, poza en ese tramo del Boilgues. El hecho de estar rodeada de una frondosa vegetación y su gran profundidad hace que sus aguas se te antojen muy oscuras, que pierdan su original transparencia. Al fondo, un pequeño salto del agua entre las rocas le proporciona a la estampa una cierta musicalidad y una apariencia a manantial que convierte este rincón en muy apetecible, sobre todo si estás cansado y has pasado mucho calor, como era nuestro caso. Bañarnos en las frías aguas del riachuelo fue una sabia decisión, aunque cortaran como cuchillos.
—Dirás que está que jode de fría —aclaró Leo desde dentro del agua.
—Es cierto corta hasta la respiración, me cuesta hablar —confesé al tiempo que nadaba a gran velocidad hacia la orilla.
Al final de un día inolvidable, el abrazo, la despedida y la copla final: —Amigos, el año próximo volveremos al Rincón.