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FINISTERRE - 
(Un cuento de Navidad)
Donde el mundo termina. Más allá no existen sino monstruos
marinos y finalmente el abismo. En el fin del mundo, allí estábamos
con mi tío Mariano, contemplando la espectacular puesta de sol.
Por la mañana habíamos ido a rezar, por la vuelta de mi
padre, a la Virgen de la Barca, en Muxía.
Mi padre es pescador, es muy valiente. Tendría que haber estado
de vuelta para el día del sorteo de la lotería de Navidad,
ya es nochevieja, y todavía no sabemos nada de ellos.
No hay noticias del barco donde faena mi papá, ni buenas ni malas.
No es la primera vez que ocurre. Hace un año, creíamos que
les había pasado lo peor. Después de muchos meses sin salir
a la mar, por lo del chapapote, zarparon hacia los caladeros del mar del
Norte y queriendo recuperar el tiempo perdido de poco lo pierden del todo.
Pero lo de ahora es más preocupante. Yo sé la ilusión
que tenía papi por estar estas navidades conmigo, con mamá,
con toda la familia...
Últimamente lo hemos pasado mal. Primero, el Prestige y casi dos
años sobreviviendo con las limosnas del gobierno y con la solidaridad
de nuestros vecinos de Corcubión; después, una avería
grave y tres meses al paro. No podemos decir que somos pobres, pero he
visto a mi papi llorar muchas noches sobre la mesa de la cocina, cuando
cree que no le ve nadie. Mi tío Mariano, su hermano, no hace más
que intentar convencerle que se deje ese oficio de mierda. Él es
repartidor de prensa y con su furgoneta Mercedes recorre toda la Costa
da Morte dejando periódicos y revistas en los quioscos y bazares.
Le ordena:
—Benito, hazme caso: ¡déjate la pesca!. Yo te puedo
conseguir una faena de reparto en la empresa distribuidora donde trabajo,
seguro. Te vendo mi Mercedes y ya me la irás pagando poco a poco.
—Nuestro padre murió siendo pescador y yo no sé realizar
otra cosa —sentencia mi padre.
Yo le apoyo porque cada cual debe hacer aquello que desee y tan honrado
y útil es el trabajo de la pesca como cualquier otro. Es arriesgado,
lo sé, pero también lo es andar por ahí conduciendo
toda la noche, cada día del año, una furgoneta o un camión.
Mi abuelo era pescador, mi padre también lo es y yo, aun siendo
chica, lo seré.
Mi padre me quiere mucho. Y yo a él, más todavía.
Cuando enciende su pipa después de cenar me cuenta historias de
mares bravíos y de barcos fantasma que cruzan bancos de niebla
durante días y días sin rumbo y sin resuello. También
me dice:
—¿Sabes porqué te llamas Luz? —y continúa
sin esperar mi respuesta—. Porque cuando estabas en la tripa de
tu madre ya te imaginaba desde mi litera en el barco, con los ojos cerrados,
como la luz del faro de Finisterre que nos indica el camino a casa. Niñita
eres mi luz.
Dicen que Finisterre es mágico. Unos hablan de que allí
estaba el ara solis (el altar dedicado al sol de los romanos); otros,
hablan de ritos de fertilidad sobre sus piedras. Yo, el domingo, también
celebré mi particular ritual: lancé una piedra al mar desde
los ciento treinta metros de su acantilado rocoso. Antes la besé
y pensé un deseo: que vuelva mi padre cuanto antes.
Es día de año nuevo y ha sonado la sirena del puerto. Algo
pasa. Hemos bajado mi madre y yo corriendo hasta el muelle. Han vuelto.
—¡Luz!... —me grita desde el barco.
Yo le saludo con la mano y le lanzo besos mientras descargan las cajas
de pescado. Luego comenzamos a subir la cuesta que conduce hasta nuestra
casa y él me coge del cuello, por debajo de mi melena.
—Niñita, siento haberte estropeado las navidades.
—No, papi... empiezan hoy. Sin ti no hay Navidad.
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