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ESE TORO ENAMORADO DE LA LUNA - 
Durante un mes de agosto en que, como mucho, sólo esperas historias
de sexo con su correspondiente intercambio de sudores y otros efluvios,
historias de viajes y sus pertinentes fotografías o simplemente
historias de siesta, paseos y una clarita al porrón, va y te encuentras
con una historia de verdadera solidaridad humana que además está
interpretada por niños. No son precisamente ellos los que más
desarrollada tienen esa virtud, en concreto suele ser en la adolescencia
y en la primera juventud cuando el ser humano más proclive es a
mostrarse generoso con los demás.
Pues sí, me quedé boquiabierto cuando me enteré que
en mi pueblo, Pedralba, tenemos un crío que es un verdadero proyecto
de matador de toros. Tiene apodo de torero: Canales. El Canales pedralbino,
¡qué fuerte! Su primer apellido tampoco le quedaría
mal si algún día tuviera que tomar la alternativa: Capilla.
El muchachillo es un ídolo local entre los de su edad, vamos que
ya tiene su propia peña taurina infantil.
Canales chico no pasaba del toreo de salón y los niños,
sus amigos, decidieron regalarle un astado con quien entrenar, iniciando
para ello una colecta. A veinte euros por cabeza, nunca mejor dicho, reunieron
lo suficiente para comprar un novillo. Jamás una res tuvo tantos
dueños y todos debidamente registrados en una lista, no vaya a
ser que luego Canales chico llegue a figura del toreo y no se sepa quien
le ayudó en los momentos difíciles.
¡Qué tardes de toros y fiesta dio el torito a la peña!
¡Qué fusión de la chiquillería en torno a una
idea y un líder!
Y ese toro, que cada noche cabrilleaba a la luz de la luna pedralbina
proyectando su sombra en las chumberas que circundan la endeble cerca,
decidió escapar.
El pueblo fue informado y alarmado por un bando de urgencia emitido desde
el altavoz emplazado en el campanario: ¡Atención! ¡Atención!
Se comunica al pueblo, en general, que se ha escapao un toro. Los habitantes
de esta pequeña población se preguntaban qué toro
sería ese, si las fiestas ya terminaron.
El torito vagabundeaba por los arrabales cual perro callejero en busca
de ricos pastos y juveniles aventuras cuando una nueva alarma cundió
entre los habitantes de Pedralba: si el toro hacía daño
a alguien, los responsables serían sus dueños. Y la lista
de futuros apoderados de la incipiente figura de la tauromaquia se convirtió
en la de reos ante un posible juzgado de lo penal por imprudencia temeraria,
homicidio o vaya usted a saber que otros graves delitos. Pero los verdaderos
responsables eran los padres o tutores y no la chiquillería que
buscaba y buscaba al novillo para devolverlo a su morada.
En esas intervino la benemérita, esos ángeles de la guarda
del hombre de campo, y con su, como siempre, certera actuación,
abatieron a tiros el animal que sólo había cometido un único
error: enamorarse ciegamente de la luna llena que le visitaba cada noche
y le arrullaba con sus románticos destellos.
Unos, los chicos, lloraban por la pérdida y sus trágicas
consecuencias en la carrera artística del meritorio.
Otros, los adultos, celebraban nerviosamente y con grandes risotadas la
muerte del novillo que les liberaba de responsabilidades varias. –Ya
le he dicho a mi hijo que si el Canales quiere ser torero que vaya su
pare y lo apunte en la escuela taurina.
Las fuerzas vivas se felicitaban por la eficaz resolución del problema.
Y el pobre Canales chico se lamentaba amargamente pues, ya puestos a sacrificar
al “bicho”, le hubiese gustado ser él quien lo hiciera
reglamentariamente. Seguro que le habrían concedido las dos orejas.
–No pasa ná, ahora toca otra temporá de toreo de salón.
Bueno... me han contado que la historia terminó como casi todas
las que suceden por estos lugares -el muerto al hoyo y el vivo al bollo-.
Los padres de los apoderados de Canales organizaron una torrá con
la carne del torito. Los niños prefirieron unas pizzas descongeladas.
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