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Artículos de lorenzo galiana

 

ESE TORO ENAMORADO DE LA LUNA - Ese toro enamorado de la Luna

 


Durante un mes de agosto en que, como mucho, sólo esperas historias de sexo con su correspondiente intercambio de sudores y otros efluvios, historias de viajes y sus pertinentes fotografías o simplemente historias de siesta, paseos y una clarita al porrón, va y te encuentras con una historia de verdadera solidaridad humana que además está interpretada por niños. No son precisamente ellos los que más desarrollada tienen esa virtud, en concreto suele ser en la adolescencia y en la primera juventud cuando el ser humano más proclive es a mostrarse generoso con los demás.
Pues sí, me quedé boquiabierto cuando me enteré que en mi pueblo, Pedralba, tenemos un crío que es un verdadero proyecto de matador de toros. Tiene apodo de torero: Canales. El Canales pedralbino, ¡qué fuerte! Su primer apellido tampoco le quedaría mal si algún día tuviera que tomar la alternativa: Capilla. El muchachillo es un ídolo local entre los de su edad, vamos que ya tiene su propia peña taurina infantil.
Canales chico no pasaba del toreo de salón y los niños, sus amigos, decidieron regalarle un astado con quien entrenar, iniciando para ello una colecta. A veinte euros por cabeza, nunca mejor dicho, reunieron lo suficiente para comprar un novillo. Jamás una res tuvo tantos dueños y todos debidamente registrados en una lista, no vaya a ser que luego Canales chico llegue a figura del toreo y no se sepa quien le ayudó en los momentos difíciles.
¡Qué tardes de toros y fiesta dio el torito a la peña!
¡Qué fusión de la chiquillería en torno a una idea y un líder!
Y ese toro, que cada noche cabrilleaba a la luz de la luna pedralbina proyectando su sombra en las chumberas que circundan la endeble cerca, decidió escapar.
El pueblo fue informado y alarmado por un bando de urgencia emitido desde el altavoz emplazado en el campanario: ¡Atención! ¡Atención! Se comunica al pueblo, en general, que se ha escapao un toro. Los habitantes de esta pequeña población se preguntaban qué toro sería ese, si las fiestas ya terminaron.
El torito vagabundeaba por los arrabales cual perro callejero en busca de ricos pastos y juveniles aventuras cuando una nueva alarma cundió entre los habitantes de Pedralba: si el toro hacía daño a alguien, los responsables serían sus dueños. Y la lista de futuros apoderados de la incipiente figura de la tauromaquia se convirtió en la de reos ante un posible juzgado de lo penal por imprudencia temeraria, homicidio o vaya usted a saber que otros graves delitos. Pero los verdaderos responsables eran los padres o tutores y no la chiquillería que buscaba y buscaba al novillo para devolverlo a su morada.
En esas intervino la benemérita, esos ángeles de la guarda del hombre de campo, y con su, como siempre, certera actuación, abatieron a tiros el animal que sólo había cometido un único error: enamorarse ciegamente de la luna llena que le visitaba cada noche y le arrullaba con sus románticos destellos.
Unos, los chicos, lloraban por la pérdida y sus trágicas consecuencias en la carrera artística del meritorio.
Otros, los adultos, celebraban nerviosamente y con grandes risotadas la muerte del novillo que les liberaba de responsabilidades varias. –Ya le he dicho a mi hijo que si el Canales quiere ser torero que vaya su pare y lo apunte en la escuela taurina.
Las fuerzas vivas se felicitaban por la eficaz resolución del problema.
Y el pobre Canales chico se lamentaba amargamente pues, ya puestos a sacrificar al “bicho”, le hubiese gustado ser él quien lo hiciera reglamentariamente. Seguro que le habrían concedido las dos orejas. –No pasa ná, ahora toca otra temporá de toreo de salón.
Bueno... me han contado que la historia terminó como casi todas las que suceden por estos lugares -el muerto al hoyo y el vivo al bollo-. Los padres de los apoderados de Canales organizaron una torrá con la carne del torito. Los niños prefirieron unas pizzas descongeladas.