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EL CABRA - 
Hay personajes que te cautivan por su inteligencia, otros por su habilidad
social, algunos por su don de gentes y casi ninguno por su dinero. Vicente,
el Cabra, es un paisano mío que siempre fue líder en la
comarca de La Serranía a la hora de pegar tiros. Pero no es eso
lo que te engancha de él. Vicente tiene una habilidad especial
para contar historias, casi todas autobiográficas. Le apodan Cabra
por sus excentricidades, un ejemplo: enciende auténticas mascletás
desde su casa al pie de la loma de la Torreta, en Pedralba, a poco que
ocurra algo que considere importante celebrar. Él me confiesa:
—Que me llamen, que me llamen Cabra, yo a la mía. Me interesa
que todo el mundo piense que estoy tonto, que no soy listo; porque listo
viene de listón y listón es familia de madero y primo hermano
de tablón.
Utilizando su memoria prodigiosa nos cuenta su azarosa vida. Era un jovenzuelo
y ya maravillaba a propios y extraños con su gran puntería;
no había por el entorno nadie que le ganara a tirar al plato, al
pichón o a cazar liebres. Con su vieja escopeta de cañones
paralelos acertaba a todo lo que se le ponía por delante; eso sí,
a cada tiro el retroceso actuaba sobre el gatillo y le iba dejando sin
dedo índice. En la mili fue tirador de elite y lo enviaron a defender
las cintas de transporte de fosfatos en Bu-Craa (Sahara) del ataque marroquí,
cuando lo de la marcha verde.
—Vicente, ¿cuántos mataste? —le pregunta Jesús,
Catuta.
—No sé, no sé... —duda y mira hacia el techo
como si quisiera volver a ver aquellas sombras humanas a través
de su mira telescópica— bastantes. Cada mañana llegaban
las ambulancias y recogían un montón de cadáveres.
¡Eh!... Ellos también tiraban. Las trazadoras me pasaban
por encima de la cabeza —termina la frase con un sonido onomatopéyico
que imita a la perfección el silbido de las balas al rebotar en
las rocas que les servían de abrigo del fuego enemigo.
Vicente es, además, un gran maestro si de fogones se trata. A lo
largo de su vida ha trabajado tanto de cocinero como de marmitón
en bares, cocinas de rancho y restaurantes. Precisamente, la tertulia
que aquí refiero se celebraba al tiempo que dábamos cuenta
de una carne a lo pastor que había preparado con liebre, jabalí
y perdiz procedentes de sus fondos de despensa cazadora.
—¿Con qué arma cazas ahora? —me intereso por
su tema preferido.
—Hace varios años vendí todas mis armas de fuego,
escopetas y rifles. Me dio la locura, ya sabes me llaman el Cabra, y decidí
que debía darle algo más de ventaja a los animales. Utilizo
el arco y las flechas. Soy el último mohicano —se pone la
mano en la boca al tiempo que comienza a interpretar con una armónica
imaginaria el tema de aquella legendaria película de George B.
Seitz.
—Y ¿le aciertas a una liebre con una flecha? —cuestiono
con incredulidad.
—Soy casi mejor con las flechas que con los perdigones o las balas.
No hace mucho porfié una apuesta con un amigo y desde más
de cien metros agujereé un naipe que sostenía mi chaval
con la mano.
—¡Qué salvajico eres! —le espeta Vicente Vela.
—Pues, ¡anda que tú! —le contesta con desdén—.
Llevo tres días detrás de una liebre que se me resiste.
Hoy le he tirado dos flechas y no he podido con ella. Pero ya caerá.
—No es un salvaje ni un mohicano, Vicente es nuestro Guillermo Tell
—aclaro mientras el personal aplaude y ríe con regocijo.
Sí, Vicente, el Cabra, vive su vida con empeño y, aunque
reconoce algunos defectos, tiene algunos puntos en común con el
legendario héroe suizo que liberó su pueblo del despotismo
del tirano Gessler. Pero él sabe que su vida no es un ejemplo para
otros ni pretende liberar a nadie, salvo a su propia libertad.
—No me toquéis los huevos, yo no soy ningún Guillermo
Tell. Yo soy el Cabra.
Para mí es suficiente.
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