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Artículos de lorenzo galiana

 

EL CABRA - El Cabra

 


Hay personajes que te cautivan por su inteligencia, otros por su habilidad social, algunos por su don de gentes y casi ninguno por su dinero. Vicente, el Cabra, es un paisano mío que siempre fue líder en la comarca de La Serranía a la hora de pegar tiros. Pero no es eso lo que te engancha de él. Vicente tiene una habilidad especial para contar historias, casi todas autobiográficas. Le apodan Cabra por sus excentricidades, un ejemplo: enciende auténticas mascletás desde su casa al pie de la loma de la Torreta, en Pedralba, a poco que ocurra algo que considere importante celebrar. Él me confiesa:
—Que me llamen, que me llamen Cabra, yo a la mía. Me interesa que todo el mundo piense que estoy tonto, que no soy listo; porque listo viene de listón y listón es familia de madero y primo hermano de tablón.
Utilizando su memoria prodigiosa nos cuenta su azarosa vida. Era un jovenzuelo y ya maravillaba a propios y extraños con su gran puntería; no había por el entorno nadie que le ganara a tirar al plato, al pichón o a cazar liebres. Con su vieja escopeta de cañones paralelos acertaba a todo lo que se le ponía por delante; eso sí, a cada tiro el retroceso actuaba sobre el gatillo y le iba dejando sin dedo índice. En la mili fue tirador de elite y lo enviaron a defender las cintas de transporte de fosfatos en Bu-Craa (Sahara) del ataque marroquí, cuando lo de la marcha verde.
—Vicente, ¿cuántos mataste? —le pregunta Jesús, Catuta.
—No sé, no sé... —duda y mira hacia el techo como si quisiera volver a ver aquellas sombras humanas a través de su mira telescópica— bastantes. Cada mañana llegaban las ambulancias y recogían un montón de cadáveres. ¡Eh!... Ellos también tiraban. Las trazadoras me pasaban por encima de la cabeza —termina la frase con un sonido onomatopéyico que imita a la perfección el silbido de las balas al rebotar en las rocas que les servían de abrigo del fuego enemigo.
Vicente es, además, un gran maestro si de fogones se trata. A lo largo de su vida ha trabajado tanto de cocinero como de marmitón en bares, cocinas de rancho y restaurantes. Precisamente, la tertulia que aquí refiero se celebraba al tiempo que dábamos cuenta de una carne a lo pastor que había preparado con liebre, jabalí y perdiz procedentes de sus fondos de despensa cazadora.
—¿Con qué arma cazas ahora? —me intereso por su tema preferido.
—Hace varios años vendí todas mis armas de fuego, escopetas y rifles. Me dio la locura, ya sabes me llaman el Cabra, y decidí que debía darle algo más de ventaja a los animales. Utilizo el arco y las flechas. Soy el último mohicano —se pone la mano en la boca al tiempo que comienza a interpretar con una armónica imaginaria el tema de aquella legendaria película de George B. Seitz.
—Y ¿le aciertas a una liebre con una flecha? —cuestiono con incredulidad.
—Soy casi mejor con las flechas que con los perdigones o las balas. No hace mucho porfié una apuesta con un amigo y desde más de cien metros agujereé un naipe que sostenía mi chaval con la mano.
—¡Qué salvajico eres! —le espeta Vicente Vela.
—Pues, ¡anda que tú! —le contesta con desdén—. Llevo tres días detrás de una liebre que se me resiste. Hoy le he tirado dos flechas y no he podido con ella. Pero ya caerá.
—No es un salvaje ni un mohicano, Vicente es nuestro Guillermo Tell —aclaro mientras el personal aplaude y ríe con regocijo.
Sí, Vicente, el Cabra, vive su vida con empeño y, aunque reconoce algunos defectos, tiene algunos puntos en común con el legendario héroe suizo que liberó su pueblo del despotismo del tirano Gessler. Pero él sabe que su vida no es un ejemplo para otros ni pretende liberar a nadie, salvo a su propia libertad.
—No me toquéis los huevos, yo no soy ningún Guillermo Tell. Yo soy el Cabra.
Para mí es suficiente.